Autor del artículo original: Paul T. Williams[1].

Traducción y resumen del artículo: Marcos Seijo

Los datos confirman que en el año 2007, 403.000 sujetos finalizaron una maratón, lo que incrementa un 36% las cifras respecto al año 2000, a pesar de que correr un maratón puede incurrir en un pequeño riesgo de muerte súbita cardíaca y está especialmente prohibido para las personas con alto riesgo de enfermedad cardiovascular.

Un estudio de Redelmeier y colaboradores[2] afirma que existe un promedio de ocho casos de muerte súbita cardiaca por cada 1.000.000 participantes en maratones, o aproximadamente dos casos de muerte súbita por cada millón de horas de ejercicio vigoroso, y que el momento en que sucede este fatal desenlace suele ser a falta de 1,5 kilómetros del final de la prueba. Según los estudios realizados sobre los sujetos afectados, la causa primaria subyacente de estas muertes es la aterosclerosis coronaria.

No debemos obviar, sin embargo, que los beneficios sobre la salud de la participación en carreras de maratón pesan más que sus riesgos, pero debemos comprobar si hay ventajas adicionales al entrenamiento y participación en el maratón más allá de las obtenidas a través de la acumulación de kilometraje a lo largo de un año de entrenamiento y participación en competiciones.

Williams y colaboradores[3] demostraron que el entrenamiento de la carrera de resistencia está inversamente asociado a la prevalencia de factores de riesgo cardiovascular como diabetes, hipercolesterolemia e hipertensión. La cuestión es saber si la participación en maratón mejora esa prevalencia o la empeora y si existe alguna relación entre la velocidad de finalización del maratón y la prevalencia de factores de riesgo cardiovascular, o si, por el contrario, la importancia en la reducción de la prevalencia radica principalmente en el volumen total de kilómetros realizados a lo largo del año independientemente de su velocidad.

Los resultados del estudio realizado por Paul T. Williams indican que entre los corredores de maratón existe un menor empleo de medicamentos para rebajar los factores de riesgo cardiovascular (diabetes, hipercolesterolemia e hipertensión arterial). Esta afirmación puede apoyarse en que el entrenamiento de maratón incrementa la respuesta de los músculos para liberar ácidos grasos al plasma, mejora el almacenaje y oxidación de triacylglycerol intramuscular, y el uso de las grasas para ahorrar hidratos de carbono como fuente de energía. Pero lo realmente relevante en este estudio es la afirmación de que además de los efectos del entrenamiento, los hombres y mujeres que entrenan maratón podrían estar mejor dotados genéticamente para el ejercicio de resistencia, debido a tener un mejor metabolismo aeróbico, lo que en sí mismo puede inferir en un menor riesgo de padecer diabetes, hipercolesterolemia o hipertensión, además de mejorar el metabolismo de las lipoproteínas.

Este estudio muestra que los participantes en más de un maratón tienen menor incidencia en el uso de medicamentos de control de los factores de riesgo cardiovascular indicados, lo que podría ser debido al entrenamiento medido en distancia recorrida a lo largo del año, pero realmente los resultados indican que la prevalencia de hipertensión arterial, hipercolesterolemia y diabetes disminuye con la frecuencia de la participación en maratón independiente de distancia de entrenamiento anual.

Aunque el entrenamiento de maratón no está incluido dentro de las directrices de salud, lo cierto es que este tipo de entrenamiento de larga distancia sí cobra importancia en la reducción de los factores de riesgo cardiovascular. Lo que el estudio de Paul T. William s no aclara es si actúa de la misma forma la distribución de la carga en múltiples sesiones, respecto a realizarla en una o pocas sesiones.

Finalmente los resultados del estudio sugieren que puede haber ventajas adicionales con un entrenamiento a mayor intensidad y sobre todo, que existen efectos genéticos importantes, asociados a la participación en maratón, en la reducción del riesgo de la enfermedad del metabolismo.

[1] Williams, PT. «Lower Prevalence of Hypertension, Hypercholesterolemia and Diabeyes in Marathoners» Medicine and Science in Sports and Exercise, 2009, vol 41, p. 523-529

[2] Redelmeier DA, Greenwald JA. “Competing risks of mortality with marathons: retrospective analysis”. British Medical Journal, 2007, nº 22, p. 1275–1277.

[3] Williams PT, Franklin B. “Vigorous exercise and diabetic, hypertensive, and hypercholesterolemia medication use”. Medicine & Science in Sports & Exercise, 2007, nº39, p. 1933–1941

En la antigua Grecia ya se debatía sobre los beneficios de la actividad física. El médico Galeno[1] fue uno de los primeros en expresar los riesgos que el ejercicio podía entrañar para el corazón: «Los atletas llevan una vida contraria a los preceptos de la higiene y según a mi entender más favorable a la enfermedad que a la salud. Si ya mientras se mantienen activos su organismo se encuentra en peligro, el deterioro es aún mayor tras abandonar su vida profesional; de hecho si no fallecen al poco tiempo, nunca llegan a alcanzar una edad avanzada».

Estas primeras afirmaciones sobre los efectos del ejercicio físico contrastan con los estudios desarrollados en las últimas décadas. La actividad física de tipo aeróbico, con una intensidad ligera a moderada, individualizada, y de larga duración, produce, a criterio de Boraita Pérez[2], una serie de adaptaciones de índole cardiovascular, metabólico, osteomuscular y respiratoria, que conllevan beneficios para la salud.  Entre dichas adaptaciones se encuentra la disminución de la frecuencia cardíaca, el aumento del volumen de las cavidades y grosor de los espesores parietales, el incremento del volumen sistólico y el aumento de la densidad miocárdica y de su capacidad de dilatación.  Esta autora sostiene que la peor forma cardiorrespiratoria conlleva un riesgo comparable en importancia al de las cifras de presión sistólica elevadas, el tabaquismo, la obesidad y la diabetes.

En el estudio CARDIA, realizado por Carnethon y colaboradores[3] se evidenció que los individuos con baja forma física presentaron de 3 a 6 veces más probabilidad de desarrollar factores de riesgo cardiovascular, como hipertensión, diabetes o síndrome metabólico, que los que presentaban buena forma física.

En cuanto al tipo e intensidad de ejercicio físico necesario para obtener beneficios cardiovasculares, Tanasescu y colaboradores[4] evaluaron a 44.452 varones de entre 40 y 75 años, pertenecientes al Health Professionals Follow-up Study, y concluyeron que la actividad física de la carrera, las pesas y el remo se correlacionaron con una reducción significativa del riesgo cardiovascular. Los varones que corrían 1 hora por semana tuvieron una reducción del 42% del riesgo; los que entrenaban con pesas un mínimo de 30 minutos por semana y los que remaban un mínimo de 1 hora tuvieron una reducción del riesgo del 23% y el 18% respectivamente.

Por otro lado, Boraita Pérez señala que no está claro cual debe ser la duración de la sesión de ejercicio para disminuir el riesgo cardiovascular. Aunque el tiempo, a criterio de esta autora, no parece influir, sí influye, según nos cuenta Lee y colaboradores[5], la cantidad de energía gastada en cada sesión, de tal forma que consumir gran cantidad de energía, a criterio de estos autores, reduce el riesgo ajustado por la edad. Myers y colaboradores[6] afirman que la capacidad funcional del individuo, después de ajustarla para la edad, medida en MET durante una prueba de esfuerzo máxima, se comporta como un potente predictor de mortalidad en varones con y sin enfermedad cardiovascular. Según este autor, por cada MET que se incrementa la capacidad de ejercicio, se mejora un 12% la supervivencia.

[1] Galeno. Sobre las facultades naturales: las facultades del alma siguen los temperamentos del cuerpo. Ed. Plaza, 1ª Edición, 2003, p. 1-218.

[2] Boraita Perez, A. “Ejercicio, piedra angular de la prevencion cardiovascular”. Revista Española de Cardiologia, 2008, vol 61

[3] Carnethon, MR; Gidding, SS et all. “Cardiorespiratory fitness in young adulthood and the development of cardiovascular disease risk factors”. JAMA, 2003, nº 290, p. 3092-3100

[4] Tanasescu M, Leitzmann MF y col.Exercise type and intensity in relation to coronary Herat disease in men”. JAMA, 2002, nº 288, p. 1994-2000

[5] Lee, IM; Sesso, HD et al. “Relative intensity of physical activity and risk of coronary heart disease”. Circulation, 2003, nº107, p. 1110-1116

[6] Myers, J; Prakash, M et al. “Exercise capacity and mortality among men referred for exercise testing”. New England Journal Medicine, 2002, nº 346, p. 793-801