Hace unos años se produjo uno de los casos más notorios de un fallecimiento de deportista por enfermedad cardíaca. El 26 de junio de 2003, en el minuto 72 del encuentro internacional de fútbol entre las selecciones de Camerún y Colombia el jugador camerunés Marc Vivien Foé se desplomaba sin causa aparente, este jugador falleció disputando este encuentro y dos semanas después se dio a conocer que el origen de la muerte fue una miocardiopatía hipertrófica no detectada con anterioridad. Otro de los sucesos, más cercanos al colectivo atlético y recordado con tristeza, es el del maratoniano Diego García, que murió de forma inesperada durante una sesión de entrenamiento meses después de haberse retirado de la alta competición. En este caso, también se supo con posterioridad que el deportista padecía desde su nacimiento una cardiopatía arritmogénica, patología que tampoco se le había detectado anteriormente. Uno de los últimos casos de muerte súbita de un atleta de resistencia de elite que conocemos debido a su trascendencia pública, es el de Ryan Shay, doble campeón de Estados Unidos de maratón, que muere en marzo del 2008 durante la disputa del maratón donde se obtenía la clasificación olímpica. A este corredor sí se le había diagnosticado una hipertrofia cardíaca a los 14 años, pero los médicos siempre le consideraron apto para el atletismo.

Existen algún caso de deportista de élite reconocido a nivel mundial que padece una valvulopatía aórtica, al que, en su momento, la Dra. Araceli Boraita, Jefa del Servicio del Centro de Medicina del Deporte del Consejo Superior de Deportes le orientó hacia la conveniencia de su retirada de la alta competición, debido al riesgo de sufrir un incidente cardíaco o la probabilidad de progresión de su patología, sin obtener los resultados esperados debido a las presiones de su federación autonómica.

Cualquier caso de muerte súbita e inesperada de un deportista crea un gran impacto social, por ello es imprescindible la generalización de correctos exámenes médicos deportivos para prevenir cualquier suceso y esto supone asumir que la función de un médico cuando establece una contraindicación para la práctica deportiva no está fundamentada en supuestos caprichosos sino en la procura de la salud del deportista. Por otro lado, se hace necesario la creación de recursos por parte de los sistemas sanitarios para el desarrollo de medios preventivos, con la finalidad de identificar sujetos de riesgo.

Por ultimo, los dirigentes de la estructura deportiva de nuestra sociedad tienen la obligación de tomar decisiones que vayan en consonancia con el logro de una sociedad más saludable y concienciada, incluso por encima de la consecución de cualquier éxito deportivo logrado en competición, por lo que se deben alcanzar formulas para facilitar el desarrollo de los sistemas de prevención, la constante información al deportista de su estado de salud y los medios de control, así como la correcta y constante coordinación con los sistemas sanitarios y servicios médicos.

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