La importancia de los parámetros metabólicos (elevados volumen máximo de oxígeno, umbral anaeróbico, capacidad para soportar y eliminar ácido láctico en sangre, velocidad aeróbica máxima) para el rendimiento en la carrera de resistencia no ofrece discusión, al igual que la importancia de los niveles específicos de fuerza, pero un  dato de extrema relevancia es como interviene la fuerza a lo largo de una temporada de entrenamiento, las modificaciones que sufre en el sujeto, la influencia de estás en la biomecánica de carrera y su vinculación con la economía de esfuerzo.

Consideramos que analizando y comparando la mejoras en la fuerza (relativa) del sujeto gracias al entrenamiento, y su influencia en el comportamiento del centro de gravedad, con las mejoras a nivel metabólico, estaríamos en disposición de justificar y cuantificar la importancia de este parámetro en el rendimiento en carreras de resistencia y consecuentemente la necesidad de su entrenamiento específico.

El objetivo final de un estudio de este tipo sería establecer la importancia de los factores cinéticos respecto a diversas velocidades y su implicación en la cinemática, para justificar una mayor atención al trabajo de fuerza y técnica de carrera en el entrenamiento de resistencia, intentando justificar la importancia de la fuerza relativa, sobre todo su componente de elasticidad, para la mejora de la economía de carrera y de la velocidad de competición por encima factores exclusivamente metabólicos.

En la antigua Grecia ya se debatía sobre los beneficios de la actividad física. El médico Galeno[1] fue uno de los primeros en expresar los riesgos que el ejercicio podía entrañar para el corazón: «Los atletas llevan una vida contraria a los preceptos de la higiene y según a mi entender más favorable a la enfermedad que a la salud. Si ya mientras se mantienen activos su organismo se encuentra en peligro, el deterioro es aún mayor tras abandonar su vida profesional; de hecho si no fallecen al poco tiempo, nunca llegan a alcanzar una edad avanzada».

Estas primeras afirmaciones sobre los efectos del ejercicio físico contrastan con los estudios desarrollados en las últimas décadas. La actividad física de tipo aeróbico, con una intensidad ligera a moderada, individualizada, y de larga duración, produce, a criterio de Boraita Pérez[2], una serie de adaptaciones de índole cardiovascular, metabólico, osteomuscular y respiratoria, que conllevan beneficios para la salud.  Entre dichas adaptaciones se encuentra la disminución de la frecuencia cardíaca, el aumento del volumen de las cavidades y grosor de los espesores parietales, el incremento del volumen sistólico y el aumento de la densidad miocárdica y de su capacidad de dilatación.  Esta autora sostiene que la peor forma cardiorrespiratoria conlleva un riesgo comparable en importancia al de las cifras de presión sistólica elevadas, el tabaquismo, la obesidad y la diabetes.

En el estudio CARDIA, realizado por Carnethon y colaboradores[3] se evidenció que los individuos con baja forma física presentaron de 3 a 6 veces más probabilidad de desarrollar factores de riesgo cardiovascular, como hipertensión, diabetes o síndrome metabólico, que los que presentaban buena forma física.

En cuanto al tipo e intensidad de ejercicio físico necesario para obtener beneficios cardiovasculares, Tanasescu y colaboradores[4] evaluaron a 44.452 varones de entre 40 y 75 años, pertenecientes al Health Professionals Follow-up Study, y concluyeron que la actividad física de la carrera, las pesas y el remo se correlacionaron con una reducción significativa del riesgo cardiovascular. Los varones que corrían 1 hora por semana tuvieron una reducción del 42% del riesgo; los que entrenaban con pesas un mínimo de 30 minutos por semana y los que remaban un mínimo de 1 hora tuvieron una reducción del riesgo del 23% y el 18% respectivamente.

Por otro lado, Boraita Pérez señala que no está claro cual debe ser la duración de la sesión de ejercicio para disminuir el riesgo cardiovascular. Aunque el tiempo, a criterio de esta autora, no parece influir, sí influye, según nos cuenta Lee y colaboradores[5], la cantidad de energía gastada en cada sesión, de tal forma que consumir gran cantidad de energía, a criterio de estos autores, reduce el riesgo ajustado por la edad. Myers y colaboradores[6] afirman que la capacidad funcional del individuo, después de ajustarla para la edad, medida en MET durante una prueba de esfuerzo máxima, se comporta como un potente predictor de mortalidad en varones con y sin enfermedad cardiovascular. Según este autor, por cada MET que se incrementa la capacidad de ejercicio, se mejora un 12% la supervivencia.

[1] Galeno. Sobre las facultades naturales: las facultades del alma siguen los temperamentos del cuerpo. Ed. Plaza, 1ª Edición, 2003, p. 1-218.

[2] Boraita Perez, A. “Ejercicio, piedra angular de la prevencion cardiovascular”. Revista Española de Cardiologia, 2008, vol 61

[3] Carnethon, MR; Gidding, SS et all. “Cardiorespiratory fitness in young adulthood and the development of cardiovascular disease risk factors”. JAMA, 2003, nº 290, p. 3092-3100

[4] Tanasescu M, Leitzmann MF y col.Exercise type and intensity in relation to coronary Herat disease in men”. JAMA, 2002, nº 288, p. 1994-2000

[5] Lee, IM; Sesso, HD et al. “Relative intensity of physical activity and risk of coronary heart disease”. Circulation, 2003, nº107, p. 1110-1116

[6] Myers, J; Prakash, M et al. “Exercise capacity and mortality among men referred for exercise testing”. New England Journal Medicine, 2002, nº 346, p. 793-801

Debemos tener presente que la muerte súbita ocurre en forma inesperada y durante la práctica de cualquier disciplina deportiva. La evaluación médica sistematizada y periódica es, en la actualidad y a criterio de autores como Corrado y colaboradores[1], el único recurso capaz de detectar de manera eficaz a los sujetos de riesgo. Pero la responsabilidad del cumplimiento con las revisiones médicas previas a la práctica deportiva siempre debe recaer sobre el deportista y sobre la institución que representa. Por esta razón, para evitar sucesos cardiovasculares de gravedad, es necesario obtener una adecuada legislación que cubra todos los aspectos de estas revisiones y de su sistematización. Lo cierto es que el problema que se nos presenta radica en la falta de consenso internacional, lo que se traduce en una, hasta el momento inevitable, legislación inadecuada o  insuficiente.

[1] Corrado, D, et al. «Sudden cardiac death in athletes: can it be prevented by screening?» Herz. 2009, vol 4, p. 259-266

Hace unos años se produjo uno de los casos más notorios de un fallecimiento de deportista por enfermedad cardíaca. El 26 de junio de 2003, en el minuto 72 del encuentro internacional de fútbol entre las selecciones de Camerún y Colombia el jugador camerunés Marc Vivien Foé se desplomaba sin causa aparente, este jugador falleció disputando este encuentro y dos semanas después se dio a conocer que el origen de la muerte fue una miocardiopatía hipertrófica no detectada con anterioridad. Otro de los sucesos, más cercanos al colectivo atlético y recordado con tristeza, es el del maratoniano Diego García, que murió de forma inesperada durante una sesión de entrenamiento meses después de haberse retirado de la alta competición. En este caso, también se supo con posterioridad que el deportista padecía desde su nacimiento una cardiopatía arritmogénica, patología que tampoco se le había detectado anteriormente. Uno de los últimos casos de muerte súbita de un atleta de resistencia de elite que conocemos debido a su trascendencia pública, es el de Ryan Shay, doble campeón de Estados Unidos de maratón, que muere en marzo del 2008 durante la disputa del maratón donde se obtenía la clasificación olímpica. A este corredor sí se le había diagnosticado una hipertrofia cardíaca a los 14 años, pero los médicos siempre le consideraron apto para el atletismo.

Existen algún caso de deportista de élite reconocido a nivel mundial que padece una valvulopatía aórtica, al que, en su momento, la Dra. Araceli Boraita, Jefa del Servicio del Centro de Medicina del Deporte del Consejo Superior de Deportes le orientó hacia la conveniencia de su retirada de la alta competición, debido al riesgo de sufrir un incidente cardíaco o la probabilidad de progresión de su patología, sin obtener los resultados esperados debido a las presiones de su federación autonómica.

Cualquier caso de muerte súbita e inesperada de un deportista crea un gran impacto social, por ello es imprescindible la generalización de correctos exámenes médicos deportivos para prevenir cualquier suceso y esto supone asumir que la función de un médico cuando establece una contraindicación para la práctica deportiva no está fundamentada en supuestos caprichosos sino en la procura de la salud del deportista. Por otro lado, se hace necesario la creación de recursos por parte de los sistemas sanitarios para el desarrollo de medios preventivos, con la finalidad de identificar sujetos de riesgo.

Por ultimo, los dirigentes de la estructura deportiva de nuestra sociedad tienen la obligación de tomar decisiones que vayan en consonancia con el logro de una sociedad más saludable y concienciada, incluso por encima de la consecución de cualquier éxito deportivo logrado en competición, por lo que se deben alcanzar formulas para facilitar el desarrollo de los sistemas de prevención, la constante información al deportista de su estado de salud y los medios de control, así como la correcta y constante coordinación con los sistemas sanitarios y servicios médicos.